¿Callar es mejor que hablar?

El universo paralelo de lo que es pero no se dice: ¿por qué suponer que callar es preferible a hablar?

El hecho de sentir que algo nos habla solo a nosotros, nos hace creer que encontramos algo que somos, que nos constituye y por lo que buscamos compañía y comunión, no como un reflejo narcisista sino como un encuentro íntimo, carente de apariencias.

Cada vez que encontramos palabras para algo es porque “ese algo” sigue cercano, vivo, nos toca y nos altera, nos otorga cualquier otra emoción que nos genera vitalidad y nos desmuestra su importancia. Entonces, me pregunto: ¿Solo podemos encontrar palabras para lo que ya está muerto en nuestros corazones? ¿Cómo esperar que las palabras surjan en la esterilidad de la muerte y la indiferencia?

Por eso es que el silencio es la frontera terminantemente real de la cual no se puede hablar y después de la cual no se puede hablar.

Entonces, ¿por qué pensar que no-decir es mejor que decir? ¿Por qué creer que callarse es mejor que hablar? ¿Por qué otorgar más relevancia al silencio que al habla? No estamos aquí solo para suponer, sino, más bien, para descubrir que, quizá, lo que creíamos es en realidad otra cosa.

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Buceando en las profundidades

Para descubrir la verdad hay que llegar al fondo de uno mismo. Hay que bucear por ese mar de contradicciones, de constantes polaridades.

Y en ese navegar, en esa búsqueda es cuando nos damos cuenta que estamos completamente equivocados. Que muchas veces creemos cosas o tenemos cosas en la cabeza que no son nuestras y lo peor es que en ellas se nos va la vida.

Tal vez estas vacaciones me vinieron muy bien para cerrar ciertos temas que tenía que resolver. Por fin puedo aceptar y reconocer que todos mis conceptos sobre el amor fueron derrumbados de un soplido. Y más que tristeza, esto me da alegría.

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Porque sé que no sé nada, y creo que tampoco hay que saberlo. Más bien hay cosas que hay que experimentarlas, descubrirlas sin suponer, sin tener ideas al respecto. Es duro reconocer que uno vivió equivocado. Pero todo este tiempo que estuve sola me sirvió para ir cambiando todas estas hipótesis erradas.

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Lo que no te mata te deja lleno de preguntas

No hay nadie que resuma mejor este sentimiento como Joaquín Sabina en su canción Con la frente marchita: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.

A veces por miedo, por suposiciones, por no preguntar, por no saber esperar, por no querer meternos en historias que pensamos que no tienen sentido, nos perdemos de sentir muchas otras cosas.

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