¿Callar es mejor que hablar?

El universo paralelo de lo que es pero no se dice: ¿por qué suponer que callar es preferible a hablar?

El hecho de sentir que algo nos habla solo a nosotros, nos hace creer que encontramos algo que somos, que nos constituye y por lo que buscamos compañía y comunión, no como un reflejo narcisista sino como un encuentro íntimo, carente de apariencias.

Cada vez que encontramos palabras para algo es porque “ese algo” sigue cercano, vivo, nos toca y nos altera, nos otorga cualquier otra emoción que nos genera vitalidad y nos desmuestra su importancia. Entonces, me pregunto: ¿Solo podemos encontrar palabras para lo que ya está muerto en nuestros corazones? ¿Cómo esperar que las palabras surjan en la esterilidad de la muerte y la indiferencia?

Por eso es que el silencio es la frontera terminantemente real de la cual no se puede hablar y después de la cual no se puede hablar.

Entonces, ¿por qué pensar que no-decir es mejor que decir? ¿Por qué creer que callarse es mejor que hablar? ¿Por qué otorgar más relevancia al silencio que al habla? No estamos aquí solo para suponer, sino, más bien, para descubrir que, quizá, lo que creíamos es en realidad otra cosa.

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Lo que no te mata te deja lleno de preguntas

No hay nadie que resuma mejor este sentimiento como Joaquín Sabina en su canción Con la frente marchita: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.

A veces por miedo, por suposiciones, por no preguntar, por no saber esperar, por no querer meternos en historias que pensamos que no tienen sentido, nos perdemos de sentir muchas otras cosas.

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