Raíces del corazón

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Que en nuestros corazones crezcan las raíces
para que florezcan los frutos de nuestras palabras
dejando un dulce sabor a sabiduría en los labios
que besarán y sanarán a otros labios heridos
que necesitarán la savia de la flor
que está enraizada en su propio corazón.
Y así cuando nuestros labios se junten
crecerá un bello jardín
seremos capaces de tener
nuestro propio paraíso
al que ningún forastero podrá entrar
porque nuestros corazones han sabido nutrirse
y unir sus raíces indivisibles.
Por fin seremos uno, inseparables, invencibles
haciendo nido en una nube en el cielo.

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Perdón si a veces no te miro

Afuera el cielo está nublado
Estoy acostada en el sillón leyendo
Pensando que podemos leer el mismo libro
e interpretarlo de distintas maneras.

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Y eso ocurre también con la vida
Transitamos el mismo camino
de diferentes formas,
nos solemos mirar desde la vereda de enfrente.

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El otoño, reflejo de la desnudez

El otoño es una estación para autodescubrirse. Los árboles nos enseñan a mudar la piel, a cambiar de color, a desnudarnos. Tal vez el otoño no sea otra cosa que el reflejo de la desnudez.

Esta estación nos invita a quitarnos poco a poco nuestras capas hasta llegar a la raíz. Y una vez que llegamos a las profundidades, solos y a oscuras, podemos ver y saber quiénes somos.

Llegar a la raíz, excavando y removiendo tierra, me muestra lo que soy, tu reflejo. Somos raíces que se reflejan en el agua. Mi desnudez, te desnuda.

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Árboles maestros

Un árbol dice: en mi vida se oculta un núcleo, una chispa, un pensamiento, soy vida de la vida eterna. Es única la tentativa y la creación que ha osado en mí la Madre Tierra. Única es mi forma y únicas las vetas de mi piel, único el juego más insignificante de las hojas de mi copa y la más pequeña cicatriz de mi corona. Mi misión es dar forma y presentar lo eterno en mis marcas singulares.

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Un árbol dice: mi fuerza es la confianza. No sé nada de mis padres, no sé nada de miles de retoños que todos los años provienen de mí. Vivo hasta el fin del secreto de mi semilla, no tengo otra preocupación. Confío en que Dios está en mí, confío en que mi tarea es sagrada y vivo de esta confianza.

Los árboles tienen pensamientos dilatados, prolijos y serenos, así como una vida más larga que la nuestra. Son más sabios que nosotros, mientras no les escuchamos. Pero cuando aprendemos a escuchar a los árboles, la brevedad, rapidez y apresuramiento infantil de nuestros pensamientos adquieren una alegría sin precedentes. Quien ha aprendido a escuchar a los árboles, ya no desea ser un árbol. No desea ser más que lo que es.

El caminante, Herman Hesse