Mi propio Dios en la Tierra

Mis padres me bautizaron, pero cuando mi mamá me mandó a catequesis le dije que eso me aburría y que no quería ir más. Mi mamá, por suerte lo entendió de buena gana y no fui más.

No creo en la religión, pero intento vivir de manera religiosa siendo fiel a mí misma. Esto implica hacerme responsable de lo que digo, hago y siento. Pero si creo en que puede existir ESO que nos da la posibilidad de elegir cómo vivir en la Tierra. Nosotros somos los creadores de nuestra vida y podemos vivirla como queramos.

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A veces me pongo a pensar en lo mucho que nos alejaron de nuestra verdadera naturaleza. Viendo como funciona el mundo natural, los animales, las plantas, los planetas, etc., se podría decir que es un lugar de un equilibrio perfecto. Y cuando miro cómo funciona la sociedad veo caos total. Lo hecho por el hombre generalmente está corrupto, mientras que lo natural sigue su ritmo armónico.

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Lo pequeño y lo grande

En la vida existe un valor que permanece muchas veces invisible para los demás, pero que el hombre escucha en lo hondo de su alma: es la fidelidad o traición a lo que sentimos como un destino o una vocación a cumplir.

El destino, al igual que todo lo humano, no se manifiesta en abstracto, sino que se encarna en alguna circunstancia, en un pequeño lugar, en una cara amada, o en un nacimiento pobrísimo en los confines de un imperio.

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Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros, son obra de las casualidades sino que nos están misteriosamente reservados. ¡Cuántas veces en la vida me ha sorprendido cómo, entre las multitudes de personas que existen en el mundo, nos cruzamos con aquellas que, de alguna manera, poseían las tablas de nuestro destino, como si hubiéramos pertenecido a una misma organización secreta, o a los capítulos de un mismo libro! Nunca supe si se los reconoce porque ya se los buscaba, o se los buscaba porque ya bordeaban los aledaños de nuestro destino.

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