Esquivando nuestros miedos

El astro rey emite sus rayos con la misma fuerza
con la que esquivamos nuestros miedos.

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Yo prefiero no saber más de ti
por miedo a que me sigas rechazando,
a descubrir que ya no sientes nada por mí,
o, peor, darme cuenta de que te estoy olvidando.

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La soledad que sana

Para la mayoría de la gente la palabra soledad es sinónimo de fracaso. La vida no es otra cosa que un entramado de relaciones. Las relaciones existen queramos o no, entonces ¿por qué nos obsesionamos tanto con algo que existe independientemente de nosotros?

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Una relación da igual si no sabemos cómo relacionarnos. Hay personas que salen de una relación y se meten en otra o buscan algún cuerpo para llenar un vacío que creen que el otro les dejó.

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Raíces del corazón

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Que en nuestros corazones crezcan las raíces
para que florezcan los frutos de nuestras palabras
dejando un dulce sabor a sabiduría en los labios
que besarán y sanarán a otros labios heridos
que necesitarán la savia de la flor
que está enraizada en su propio corazón.
Y así cuando nuestros labios se junten
crecerá un bello jardín
seremos capaces de tener
nuestro propio paraíso
al que ningún forastero podrá entrar
porque nuestros corazones han sabido nutrirse
y unir sus raíces indivisibles.
Por fin seremos uno, inseparables, invencibles
haciendo nido en una nube en el cielo.

La palabra, ese instrumento capaz de cambiar todo

Las palabras no sólo sirven para formar oraciones y permitir comunicarnos, sino más bien sirven para crear intención.

El poder de la intención que tiene la palabra es infinito.

Para poder formar las oraciones con las que nos vamos a comunicar, primero debemos elegir las palabras que vamos a utilizar, el tono con el que las vamos a decir, el enfoque con el que las vamos a escribir. Y hasta se pueden inventar.

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Si, hay una gran similitud entre las palabras y el malabarismo. Las palabras son el instrumento para generar patrones de estímulo-respuesta dentro de un tiempo y espacio. Cuanto más hábil seas con su uso, más fácil es obtener una respuesta a tiempo. Y por supuesto esto genera patrones de conducta en el ser humano.

La palabra sirve para aliviar, consolar y sanar un dolor o una pena; para comprender, aceptar y enfrentar un problema; para persuadir, hacer entrar en razón y convencer a una persona de que haga o no haga algo; para juzgar, hacer sentir culpa y manipular las acciones de otro.

En fin, pueden servir para transformar o destruir.

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El alfabeto erótico

El Kama Sutra es uno de los compendios más antiguos y más completos sobre sabiduría sexual. Contrario a lo que Michel Foucault denunciara sobre esta pretensión moderna de reducir la sexualidad a una técnica, el Kama Sutra es una fuente mucho más profunda, ya que entiende el sexo como la comunión entre el cuerpo y el espíritu o, mejor dicho, de los cuetirpos y los espíritus, pues se trata de las virtudes y gracias compartidas que se pueden alcanzar mediante la relación sexual.

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En este ejercicio de recreación, la ilustradora francesa Malika Favre ha dado a realizado una singular tipografía hecha nada menos que con algunas de las posiciones que recomienda el Kama Sutra, un alfabeto erótico de los nombres que tanto caracterizan a los juegos del cuerpo prescritos en el libro.

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¿Callar es mejor que hablar?

El universo paralelo de lo que es pero no se dice: ¿por qué suponer que callar es preferible a hablar?

El hecho de sentir que algo nos habla solo a nosotros, nos hace creer que encontramos algo que somos, que nos constituye y por lo que buscamos compañía y comunión, no como un reflejo narcisista sino como un encuentro íntimo, carente de apariencias.

Cada vez que encontramos palabras para algo es porque “ese algo” sigue cercano, vivo, nos toca y nos altera, nos otorga cualquier otra emoción que nos genera vitalidad y nos desmuestra su importancia. Entonces, me pregunto: ¿Solo podemos encontrar palabras para lo que ya está muerto en nuestros corazones? ¿Cómo esperar que las palabras surjan en la esterilidad de la muerte y la indiferencia?

Por eso es que el silencio es la frontera terminantemente real de la cual no se puede hablar y después de la cual no se puede hablar.

Entonces, ¿por qué pensar que no-decir es mejor que decir? ¿Por qué creer que callarse es mejor que hablar? ¿Por qué otorgar más relevancia al silencio que al habla? No estamos aquí solo para suponer, sino, más bien, para descubrir que, quizá, lo que creíamos es en realidad otra cosa.

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