La llama doble

El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Disper­sión del cuerpo deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo, la sombra que desciende del ombligo al sexo. Cada uno de estos fragmentos vive por sí solo pero alude a la totalidad del cuerpo.

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*Carta de creencia*

Imagen

1

Entre la noche y el día
Hay un territorio indeciso.
No es luz ni sombra:
Es tiempo.
Hora, pausa precaria,
Página que se obscurece,
Página en la que escribo,
Despacio, estas palabras.
La tarde
Es una brasa que se consume.
El día gira y se deshoja.
Lima los confines de las cosas
Un río obscuro.
Terco y suave
Las arrastra, no sé adónde.
La realidad se aleja.
Yo escribo:
Hablo conmigo
—Hablo contigo.

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