Lo pequeño y lo grande

En la vida existe un valor que permanece muchas veces invisible para los demás, pero que el hombre escucha en lo hondo de su alma: es la fidelidad o traición a lo que sentimos como un destino o una vocación a cumplir.

El destino, al igual que todo lo humano, no se manifiesta en abstracto, sino que se encarna en alguna circunstancia, en un pequeño lugar, en una cara amada, o en un nacimiento pobrísimo en los confines de un imperio.

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Ni el amor, ni los encuentros verdaderos, ni siquiera los profundos desencuentros, son obra de las casualidades sino que nos están misteriosamente reservados. ¡Cuántas veces en la vida me ha sorprendido cómo, entre las multitudes de personas que existen en el mundo, nos cruzamos con aquellas que, de alguna manera, poseían las tablas de nuestro destino, como si hubiéramos pertenecido a una misma organización secreta, o a los capítulos de un mismo libro! Nunca supe si se los reconoce porque ya se los buscaba, o se los buscaba porque ya bordeaban los aledaños de nuestro destino.

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El mundo gira locamente

¿Cuántas veces el destino nos pone cara a cara con la casualidad?

Por más que seamos concientes de que no son casualidades, no podemos hacer otra cosa que seguir de largo.

Creo que hay un destino que nos une a todos y nos conecta con todo; aunque parezcamos invisibles, las raíces son más profundas.

A veces me pregunto a dónde van a parar las despedidas, las acciones o personas que nos hacen sentir bien, nuestras decisiones, nuestras incertidumbres.

¿A dónde vamos a parar?

Todo tiene su momento.

Mientras el mundo gira locamente… pienso en tí.