El perro y el sol

Había una vez un perro que se enamoró completamente del sol. Él era feliz los días en que Febo iluminaba con sus rayos, ya que sabía que salía de paseo, podía correr por los parques, y hacer todas las cosas que le gustaban. Y allí arriba estaba él, mirándolo, dándole su amor incondicional.

Un día el perro se encontró con un genio, el cual decidió concederle un deseo. El perro pidió ser humano porque pensó que de esa manera podría estar más cerca de su amor. Deseo concedido. De golpe una tormenta enorme azotó la ciudad, y cuando dejó de llover, el perro era un hombre. Un hombre muy apuesto.

216104_10150156200266082_8016073_nPasada la tormenta, salió el sol, que se sintió muy triste y deprimido por no encontrar a su amigo perro que lo miraba tiernamente desde la Tierra. A partir de ese momento nació el invierno. Los días se hicieron más cortos, porque el sol ya no tenía fuerzas para brillar.

Una semana donde no paraba de llover, un ángel se acercó al sol y le preguntó porqué se escondía. Le contó su triste historia y el ángel le concedió un deseo. El sol pidió ir con su amado amigo perro.

Un rayo magnético se pudo vislumbrar entre la tormenta. Cuando la misma cesó, el sol ya estaba en la Tierra. El ángel antes de convertirlo en una agraciada mujer, le dijo que su misión en la Tierra sería encontrar más soles e iluminar a todos los seres humanos que se encontrara.

Pasó el tiempo, ella creció y olvidó su misión. Hasta que conoció a un apuesto chico que le sonaba familiar. Cada vez que se veían, disfrutaban de su compañía sin pedirse nada a cambio. Sobre todo se miraban encandilados, él la miraba con la cara con la que un perro mira a su dueño, y ella con el fuego universal grabado en los ojos.

Pasó el tiempo y volvieron a perderse el rastro. Pero el destino estaba preparado para unirlos cuantas veces hiciera falta. Años después, sus caminos se cruzaron y ella poco a poco empezó a recordar.

La vida los siguió poniendo frente a frente, hasta que un día ella sintió su misión. Recordó que tenía que encontrar soles e iluminar a la gente que la rodeaba. Y lo más importante es que había encontrado a su perro cristal, la energía que le faltaba para completar su propósito.

Siguieron encontrándose; después de pasar por varios desafíos, lograron estar juntos. Pero el perro es un animal de costumbres, tiene mucho amor (si le enseñaron cómo darlo) pero poca libertad. Y ella no sabe de límites, ama incondicionalmente de una manera universal, pero sabe que le falta plasmarlo en el plano terrenal, volverlo real.

El miedo y la incapacidad para cambiar de él, lograron que ella diera un paso al costado. Por suerte, en su camino había encontrando a varios soles y había logrado iluminar, a su manera, a unos cuantos humanos, que la acompañaban cuando se siente triste y desesperanzada.

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Él se perdió con los placeres de la vida. El perro cree que es libre, mientras el sol sabe que él es lo que lo puede liberar. El sol es el desafío del perro, lo que tiene que integrar a su vida para que pueda cumplir con su propósito, y el perro coopera dándole forma a la misión que tiene el sol, que es aprender a amar desde el corazón. Los dos son familia y vinieron al mundo a través de la onda encantada de la tormenta.

Una noche de luna llena se volvieron a encontrar. Sin quererlo, fue una cita perfecta. Si la hubieran planeado, no hubiera salido tan bien. Se abrazaron, hablaron de sus vidas, se volvieron a abrazar, se despidieron y cada uno se fue para sus casas. Con cada abrazo que se dan, a su alrededor se genera una burbuja magnética, una especie de castillo blanco donde se cruzan las barreras y se enlazan los mundos.

Ella ya no tiene dudas. Es el perro magnético que la miraba cuando estaba brillando en el cielo. Y ahora, aunque sea de vez en cuando, lo puede abrazar, lo puede sentir, amar de manera incondicional, como el sol que es.

Le gustaría decirle que no tenga miedo. Que su destino como perro y como humano es aprender a amar, y que de la única forma que va a poder hacerlo es si se fusiona con los rayos del sol que lo van a madurar. Pero también sabe, como sol y como humana, que existe la libre voluntad, y que según el grado de consciencia cada uno recordará su misión, pudiendo elegir llevarla a cabo o rechazarla por completo.

Ella, a pesar de su tristeza, sigue con su misión; en el fondo sabe que hay algo que los mantiene unidos y no es otra cosa que su lado más oculto. La luna es el reflejo del sol y cada vez que él mire la luna y la recuerde, ella estará nuevamente en sus brazos, su lugar favorito en el mundo, mejor dicho de todo el espectro galáctico.

10710730_10152499570454232_2058782519931930861_nEl amor consciente promueve:
• Saber descubrir, ver y atender las necesidades de la otra persona, poniendo los medios para que ésta evolucione, aunque ello represente el riesgo de perderla.
• Crear vínculos afectivos sanos desde la interdependencia, evitando tanto el autoritarismo como la docilidad, buscando una cooperación mutua.
• Desplegar en la relación afectiva ternura, comprensión, tolerancia y libertad. El amor consciente da alas a la libertad y no cadenas.
• Evitar interferencias egocéntricas, pues no puede haber comunicación verdadera desde el ego o la imagen, y las “líneas de comunicación” son paralelas cuando no deben serlo, ya que de ese modo nunca hay un encuentro entre personas o una comunión de almas.
• Saber aferrar y soltar; respetar las decisiones de los demás, cuando desean distanciarse o alejarse.
• Desplegar la energía del amor incondicional, que prevalece aún cuando cambia el tipo de relación mantenida o las circunstancias que la envuelven.

En la medida en que se sigue con éxito la senda de la madurez emocional, la persona se convierte en su propio guía, relacionándose infinitamente mejor con los demás, desde su plenitud interior.

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6 pensamientos en “El perro y el sol

  1. Hermoso hermoso tu cuento. Q lindo escribis… dan ganas de q no termine la historia pero a la vez uno no para de qrer saber q va a suceder. Te felicito

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